La semana pasada Remi cumplió 79 años. Cuando llegué en la noche estaba ebrio, para variar. Dijo que le hubiera gustado que mi papá también hubiera cumplido muchos años y que se suelta a llorar, lo abracé un buen rato, se le pasó y me habló de sus poderes mentales y su teoría del origen extraterrestre, por enésima ocasión trató de hipnotizarme y, por centésima ocasión, me habló del montón de parientes michoacanos que no conozco.
Creo que el hombre es uno de tantos genios cuya magia se pierde entre la realidad. Es listo, mucho, se aburre horrores porque no encuentra mucha gente para platicar de lo que le interesa y la situación de sus hijos ya le pesa demasiado, los años no pasan en balde. Nuestra relación siempre ha sido ambigua, vivir tanto tiempo al lado de tus parientes es así.
El contribuyó en buena medida a atiborrarnos de libros cuando éramos niños. Nunca me he atrevido a preguntar si a sus hijos también les llevó la colección completa de manchitas o trompita azul, o las enciclopedias de Disney, que en nuestro caso terminaron rayoneadas, pegajosas y supongo que al final en la basura, pero permanentemente grabadas en nuestra memoria. Gracias tío, también te quiero.